La Universidad Católica frente a las demandas de una sociedad en permanente cambio.

Columna de Opinión

m.isabel larrauri

A partir de la segunda mitad del siglo XX y durante este siglo la universidad viene afrontando – lo mismo que el resto de las instituciones educativas – la demanda de nuevas respuestas para los problemas emergentes en una sociedad globalizada, en la que se ha instalado una concepción del conocimiento en función del poder. Este proceso de cambio – al que también concurren las nuevas tecnologías de información y comunicación – repercute con mayor intensidad en la enseñanza superior. Las universidades perciben que la finalidad de la investigación y del avance noético está cada vez más comprometida con la competitividad y la producción de bienes que con el desarrollo del saber en función del bienestar de las personas y la sociedad. Dicho en otras palabras: si se conoce se puede disponer de lo que se conoce sin limitaciones de naturaleza moral. Este orden de cosas trastoca la finalidad esencial y la misión de la universidad y, en la universidad católica, resulta opuesto al humanismo cristiano que anima su tarea formativa de nuevas generaciones.

Por otra parte la educación permanente y la necesidad de aprender durante toda la vida son conceptos indiscutibles en nuestro tiempo. Los avances tecnológicos y las mutaciones laborales exigen actualización de los saberes para evitar ser desplazado por los nuevos paradigmas. Esta modalidad del presente cobra características particulares según las latitudes. Las naciones situadas a la cabeza del desarrollo tecnológico desde hace décadas vienen replanteando las prioridades de todo el sistema educativo y redefiniendo con atención el lugar que debe ocupar la universidad. Sin investigación y formación profesional de alto nivel no es posible lograr y mantener un progreso constante capaz de garantizar las condiciones para que una sociedad transcurra en armonía, conviva en democracia y respete los derechos humanos.  El alerta para los países de América Latina con respecto a la necesidad de contar con universidades y centros de estudios avanzados para producir conocimientos y evitar quedar en desventaja con el mundo desarrollado se intensificó a comienzos de la última década del pasado siglo Las Universidades advierten la crisis que deben atravesar y saben que la misma las obligará a iniciar una reflexión permanente sobre sí mismas. Esta reflexión les es necesaria para poder dar respuesta a las comunidades humanas en las que están insertas,   aportando ciencia y tecnología para su debido desarrollo perfectivo sin apartarse de la formación humanística, garante del respeto a la dignidad de las personas y el bien común de la sociedad.

La universidad católica está llamada a encarnar, como respuesta a la cultura postmoderna vigente, su mejor herencia humanística iluminada por la fe. Esta herencia, sumada a la vocación profunda de diálogo entre fe, razón y cultura que la ha caracterizado desde su origen, le permitirá encontrar las respuestas necesarias para cada problemática concreta, más allá de su complejidad y del nivel de secularismo que presente.

Situar los nuevos descubrimientos al servicio de las personas y de la sociedad según el espíritu cristiano es el mayor desafío a la responsabilidad social de nuestras universidades. Alcanzar esta meta supone que en nuestros claustros resida un compromiso solidario con la dignidad humana y con la sociedad, compromiso indisociable de la caridad cristiana que debe informar todas y cada una de las tareas que se realicen. También debemos preocuparnos por renovar los caminos propicios para trasmitir esto a la sociedad. Cada problema a resolver debemos convertirlo en ocasión propicia para contagiar la esperanza y la alegría del mensaje cristiano al mundo contemporáneo.

María Isabel Larrauri

Rectora UCC

 

Fuente: Organización de Universidades Católicas de América Latina y el Caribe (ODUCAL)

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